RELIGIÓN | NOTICIA FECHA: 20/12/2017
Mensaje de Navidad de Fray Carlos Azpiroz Arzobispo de Bahía Blanca

"La Navidad es la preciosa fiesta de la fe"

La Navidad es la preciosa fiesta de la fe

 

Queridos hermanos y hermanas:

Quisiera llegar a todos ustedes a través de estas páginas preñadas de buenos deseos y propósitos, rumiando en el corazón una vez más el tema del Encuentro Pastoral Arquidiocesano 2017: “¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!” (Evangelii gaudium 80).

Nuestra vida cristiana está especialmente orientada a buscar y a conocer a Dios, conservar y profundizar la Fe y –a través de nuestro compromiso misionero- hacernos de alguna manera “responsables” de la fe de los demás, hasta los confines del mundo.

En efecto, no basta conservar el patrimonio recibido: un tesoro religioso y moral siempre fecundo. Es verdad, esa tarea de por sí ardua y difícil, no es suficiente. Es necesario renovar el contenido de la Fe, no en sí mismo (objetivamente) pues ha de permanecer inalterado e incorrupto, sino subjetivamente, en nosotros mismos, en nuestras comunidades e instituciones, en nuestra cultura, en nuestra vida. ¡Cada vez se hace más urgente y necesaria una fe más madura y misionera!

1.- «Queremos ver a Jesús»
(Juan 12, 20)
Hemos sido llamados a buscar y conocer a Dios

El Tiempo de Adviento que estamos celebrando, y el Tiempo de Navidad que se acerca, nos invitan a saborear en nuestro corazón las bellas palabras del profeta Isaías: «El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz» (9, 1).

En la Epifanía se proclama otro texto –Tercera Parte del Libro de Isaías- que vuelve a proponer el tema de la luz: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora. Mira a tu alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y tus hijas son llevadas en brazos. Al ver esto, estarás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, porque se volcarán sobre ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones llegarán hasta ti. Te cubrirá una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Todos ellos vendrán desde Sabá, trayendo oro e incienso, y pregonarán las alabanzas del Señor». (Isaías 60, 1-6).

Este pasaje, ciertamente, nos regala una imagen muy clara y actual. Ante la presencia de la “Luz” ¡todo se pone en movimiento!: la naturaleza, los reyes, los pueblos, el corazón. Experiencias como la de Moisés en el desierto, que contempla la zarza que arde sin consumirse, hacen que nos movamos, que nos hagamos preguntas, que nos pongamos en marcha ¡No podemos quedarnos como si nada hubiese pasado!

El nacimiento de Cristo, la manifestación (epifanía) de su misterio, nuestra adhesión personal en la fe como discípulos suyos, genera un movimiento: un compromiso, una responsabilidad. Ante semejante revelación el inmovilismo no puede justificarse, todo nos invita a una búsqueda entusiasta, alegre, perseverante.

En pleno tiempo de Navidad, la visita de los Magos se nos presenta providencialmente como un icono de esta búsqueda sabia, de un movimiento que es a la vez profundo y centrífugo.

A la luz de la visita de los Magos al Niño pienso –viviendo en estas tierras- en el joven Ceferino Namuncurá. Nacido el 26 de agosto de 1886, en Navidad de 1888 fue bautizado por el Padre Domingo Milanesio y así comenzó su camino de fe en medio de una comunidad que vivía muy pobre y con muchas necesidades. Se cuenta que habiendo tanta decadencia y tanta miseria, un buen día dijo Ceferino a su padre “las cosas no pueden seguir así, quiero estudiar para ser útil a mi gente”. Él deseaba estudiar para ser útil a su pueblo. Los libros no eran para él “espejos” donde mirarse a sí mismo (en una especie de selfie espiritual), tampoco muros que lo separasen de quienes padecían hambre e injusticias, sus hermanos. Al contrario, el mismo deseo de estudiar le abría los ojos a lo que muchos otros de sus contemporáneos no habían sabido, no habían podido, o quizás no habían querido ver.

Volvamos a los Magos de Oriente. Ellos buscan y vigilan, estudian y contemplan el cielo. En su camino intentan una síntesis que una sus conocimientos con el hecho histórico y real del nacimiento del Mesías. Ellos encuentran en la observación de los espacios infinitos, de la naturaleza, en las ciencias, signos indicadores…

Así como lo intentan -en estos días de fin de año lectivo y plena época de exámenes- tantos jóvenes que se aplican al estudio, los Magos dedican su tiempo, sacrifican su tranquilidad, ¡se ponen en marcha! En su camino, no dudan en buscar entre las voces humanas una ayuda para comprender algo que los sobrepasa (la luz que viene de lo alto, lo divino). En ese viaje son perseverantes ante los desafíos del ritmo que alterna la luz celeste y la enseñanza humana. Más aún, no tienen miedo de explicar el motivo de su peregrinar; no se quejan al no contar con otros que les preparen o den certezas en el camino, que les faciliten las cosas, que estén mejor informados. Su largo viaje los lleva a la alegría del encuentro, en la sencillez, la pobreza y la humildad de un Niño. ¡Buscan y encuentran para adorar y dar, felices de ofrecer y –finalmente- desaparecer!

Frente a Dios, que aún revelándose parece esconderse en su misterio –un niño envuelto en pañales- los Magos nos enseñan que la fortuna de creer es un regalo de Dios y exige nuestra cooperación, es decir: todas las energías de nuestra voluntad, la honestidad intelectual, el cultivo de ese don.

¿Buscamos a Dios? ¿Buscamos conocerlo? Tenemos la misión de proclamar que nuestro Dios está vivo, que es el Dios de la vida, que en Él existe la raíz de la dignidad del hombre que está llamado a la vida.

La ignorancia, la inercia espiritual, la indiferencia, el agnosticismo, la duda sistemática, el fastidio o tedio refinado (ocio infecundo), cierto espiritualismo atado solamente a las propias experiencias interiores, la reducción del saber a lo que “sentimos” o “las propias evidencias racionales”, y tantas otras expresiones de la cultura de nuestro tiempo, se convierten en la rendición del pensamiento humano al primer deber de la vida: ¡Conocer a Dios que nos ha creado y nos ha dado la vida!

Es una responsabilidad que hemos de despertar en nosotros mismos sabiendo que para eso hay que ponerse en movimiento: pensar, estudiar, instruirse, formarse ¡pedir el don de la fe! (cf. Eclesiástico 6, 18-21. 32-37).

En efecto, el acto de fe no puede dispensarnos del estudio, del culto y del amor a la verdad recibida (lectura, meditación, oración); de la coherencia entre la fe y nuestra vida (el ejercicio de las virtudes, ¡la vida cristiana!).

«Permanece fiel a la doctrina que aprendiste..tú sabes de quiénes la has recibido»
(2 Timoteo 3, 14) Hemos sido llamados a conservar y profundizar la Fe

La responsabilidad de la fe no se detiene en la búsqueda del conocimiento de Dios. La fe exige que ella sea acogida por el discípulo como don, que sea atesorada, conservada y profundizada ¡cultivada! ¡vivida!

Según el relato de Mateo (2, 1-12) los Magos pierden de vista la estrella pero no cesan de buscar al rey de los judíos que ha nacido. No olvidan lo que han visto, la estrella, aquello que los ha impulsado a partir. Se les ha dado un signo luminoso y han seguido creyendo en su importancia, en la fidelidad a lo que les ha sido manifestado, continúan buscando con perseverancia.

¿No es esta la misión profética de todo bautizado? ¡Profundizar la fe! Sí, la lectura asidua de la Palabra ilumina la realidad. Nos permite ver más lejos y más allá de los hechos o acontecimientos, contemplarlos más profundamente. Así podemos evitar la seductora fragmentación del relativismo (¡todo es relativo!); la parálisis que puede ocasionar un interminable bombardeo de noticias, de análisis de situaciones, casos, eventos, acontecimientos, propios de un laboratorio; el encierro o estrabismo (bizquera) intelectual del “sólo me importa e interesa lo que me sucede, lo que me pasa, lo que me roza”.

Los creyentes intentamos también leer la Palabra de Dios en contacto con lo que sucede, con los acontecimientos. En efecto leemos la Palabra tomándole el pulso a la realidad en la cual vivimos, En estos acontecimientos que transitamos a través de los cuales Dios también quiere decirnos ‘algo’ (los hechos pueden convertirse en indicios, pistas, desafíos, interrogantes, ¡“signos de los tiempos”!). De ese modo se evita la rígida e infecunda esclerosis fundamentalista, propia de una visión maniquea que separa lo material (malo) de lo espiritual (bueno) como si fuesen opuestos…y en contradicción (el método más fácil para inventar y multiplicar las “grietas”).

La experiencia de los Magos, nos ofrece una enseñanza: el no rechazar lo que hemos conocido como verdadero, el ser fieles a la fe. Ellos no desconfiaron de sus conocimientos y experiencia de vida, fueron fieles a lo recibido y continuaron la búsqueda.

Somos testigos de cierta indiferencia religiosa, del fenómeno de la descristianización, de ciertas manifestaciones de neopaganismo disfrazado de espiritualidad. Esto nos invita a mirar la Epifanía como una preciosa fiesta de la fe en el bello marco de la Navidad. Sí, el camino de los Magos de oriente nos impulsa a acoger agradecidos el inmenso patrimonio espiritual del cual somos herederos, el tesoro que nos han trasmitido quienes nos han precedido en el camino de la fe. Es verdad ¡Somos responsables de la conservación y transmisión de este mismo patrimonio!

Pero, también es verdad: no basta simplemente con custodiar la Fe. ¿Acaso no lo hicieron así los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo convocados por Herodes? Ellos parecían conocer las Escrituras y respondían sin errores a la pregunta – información de los Magos. Sin embargo no fueron capaces de descubrir la responsabilidad que ese conocimiento de la fe les exigía. No se dejaron interpelar por ese conocimiento, no se movieron, no fueron en búsqueda de Aquel que había sido anunciado en la profecía; se conformaron con conservar su fe (lo que estaba escrito) sin vivirla.

Para quienes contemplamos el misterio de la Epifanía, para quienes seguimos las huellas de Jesús y abrazamos como propia su Buena Noticia (Evangelio), no basta “conservar” la fe, es necesario estudiarla, profundizarla, según las exigencias de la propia vida y la vida de aquellos que nos rodean, ¡la vida de aquellos a quienes hemos sido enviados!

La verdad que la fe nos revela, impulsa a una posterior búsqueda; abre el diálogo espiritual y suscita el fervor interior. Ser creyentes nos impulsa a conformar la vida con la fe, a un estudio constante de la verdad, ¡a encarnar el evangelio en nuestra cultura!, ¡a evangelizar la cultura!

Profundizar la Fe significa profundizar las razones de la Fe, tal como nos exhorta la I Carta de Pedro: «Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen» (3, 15). Este cultivo de la fe, verdadera “responsabilidad de la fe”, es inseparable de una relación vital con la Iglesia y por eso lleva consigo una profunda exigencia de catolicidad, unidad y apostolicidad que hagan más visible su santidad.

3.- «Realiza tu tarea como predicador del Evangelio»
(2 Timoteo 4, 5)
Hemos sido llamados a ser “responsables” de la fe de los demás, y por ello, a ser discípulos misioneros

La “responsabilidad de la fe” se abre a los horizontes infinitos del mundo y de la historia. Es la lección de la dimensión universal de la Navidad, de la Epifanía, del ideal misionero, del coraje de quienes se ponen en camino porque son enviados.

El evangelio de Mateo nos relata que cuando los Magos vieron la estrella se llenaron de alegría (2, 10). ¿Acaso no es esa una de las notas distintivas de nuestros santos y santas? San Pablo nos exhorta: «Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense» (Filipenses 4, 4). Se trata de la alegría de la fe, una alegría que ha de ser más vivida y manifestada en nuestras comunidades, en nuestro diálogo fraterno, en nuestra liturgia, en nuestro estudio y nuestra misión. Así la fe se hace más atractiva, irradiante, fervorosa y aumenta en quienes nos ven y escuchan el deseo de conocer al Señor. Son muchos los que desean acercarse a nosotros -como los griegos al apóstol Felipe- expresando su inocultable deseo: «¡Queremos ver a Jesús!» (Juan 12, 20-21).

La Epifanía manifiesta la fuerza del mensaje de Cristo llamado a dilatarse a toda la humanidad y despierta en nosotros esa vocación católica, universal. Cristo es para todos, para todos los hombres y mujeres, para todos los tiempos, para todas las naciones. La misión de los Doce en el Evangelio de Mateo está destinada en principio a las “ovejas perdidas de Israel” y no a las regiones paganas o ciudades samaritanas (Mateo 10, 5-6) pero -luego de la Resurrección- el llamado misionero adquiere claves de totalidad: «Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 19-20).

¡La verdad que anunciamos nos habla de la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo que supera todo conocimiento como un destino de unidad! La verdad penetra en la historia humana, nos hace hermanos, construye puentes y derriba los muros de los antagonismos humanos, inaugura una corriente de paz, llamando todos los pueblos, de todas las familias, razas, lenguas y naciones (cf. Apocalipsis 5, 9).

Hemos de considerar nuestra responsabilidad por la fe de los demás. Lo haremos dóciles al mandato apostólico, misionero, evangelizador y considerando las necesidades de la Iglesia y según nuestra propia utilidad en Cristo.

Por el Bautismo, en relación vital con la Iglesia, hemos sido llamados a ser discípulos misioneros. ¿Podemos conformarnos con una fe cómoda, replegada sobre nosotros y cerrada en sí misma? Muchos están esperando que compartamos con ellos nuestra profesión de fe, nuestro ejemplo, consuelo y estímulo. Que la luz de la fe contemplada y vivida resplandezca y se difunda sobre cuantos encontramos para que encuentren claridad, orientación y fuerza para la propia existencia. ¡Sabemos que también aquellos a los cuales somos enviados serán para nosotros ejemplo, consuelo y estímulo… y somos misionados por ellos!

Epifanía es la fiesta de los que están lejos, la fiesta de las “misiones”, “misioneros” y “misionados”, fiesta de la universalidad del mensaje cristiano (que por eso es “católico”), es la fiesta de la vocación de “las gentes”, de la invitación gratuita a todos para el banquete evangélico, fiesta para que todos reinen con Cristo, por Él y en Él.

Una vida atraída por la luz de Cristo e iluminada por Él, sabe atraer a otros, manifiesta el rostro de Dios que es amor, misericordia y perdón. Que el año a punto de iniciarse sea “Epifanía” para todos, que se encienda el ardor de la voluntad de llevar a Cristo al mundo «Ya que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero, ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, si no se los envía? Como dice la Escritura: ¡Qué hermosos son los pasos de los que anuncian buenas noticias!» (Romanos 10, 13-15).

¡Qué bello es constatar que “La estrella de Belén es, incluso hoy, una estrella en la noche oscura” (Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein)!

¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero! ¡Feliz Navidad! El Señor les conceda un año 2018 lleno de cosas buenas, verdaderas y bellas ¡cosas de Dios!

Fraternalmente en Cristo y María Señora de la Merced

Fray Carlos A. Azpiroz Costa OP
Arzobispo de Bahía Blanca


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